Ya lo decidiste antes. Ya te prometiste que esta vez no ibas a escribir.
Y aun así, ahí estás otra vez. El teléfono en la mano. Un recuerdo bueno que aparece de la nada y se mezcla con todo lo que te hizo llorar. La cabeza te dice una cosa y el cuerpo te empuja para el otro lado. Y en el medio estás vos, sola, a las dos de la mañana, peleando con las ganas de mandar ese mensaje que sabés cómo termina.
El problema no es que no sepas. Ya sabés. Sabés quién es, sabés cómo te trató, sabés lo que va a pasar si le escribís. El problema es que en ese momento exacto, cuando el impulso aprieta, no tenés nada concreto que hacer con eso. Y cuando no hay nada concreto que hacer, gana el impulso. Siempre gana el impulso.
Este producto existe para ese momento. No para cuando estás tranquila y razonás bien. Para cuando no aguantás más.