Ya lo decidiste antes. Ya te prometiste que esta vez no ibas a escribir. Y aun así, ahí estás otra vez, redactando el mensaje. Lo escribís con las palabras justas, sintiéndote dueña de la situación, convencida de que esta vez es distinto: solo querés aclarar algo, cerrar bien, decir lo que quedó pendiente. Lo pensás con calma, y esa misma calma es exactamente la que te convence de mandarlo.
A veces el impulso llega así, disfrazado de lucidez, después de haber intentado cortar tantas veces que ya te creés graduada. Y otras veces llega crudo, a las dos de la mañana, con el teléfono en la mano y las ganas apretando, sin ninguna explicación elegante. Cambia de forma según el momento en que estés, pero es el mismo impulso: una punta entra como decisión serena, la otra como desesperación, y las dos terminan igual.
El problema no es que no sepas. Ya sabés. Sabés quién es, sabés cómo te trató, sabés lo que va a pasar si le escribís. El problema es que en ese momento exacto, cuando aprieta —te llegue como decisión tranquila o como impulso de madrugada—, no tenés nada concreto que hacer con eso. Y cuando no hay nada concreto que hacer, gana. Siempre gana.
Este producto existe para ese momento. Para cuando te sentís tan clara que te convencés sola, y también para cuando ya no aguantás más.